Llegué. Entré como cuando no se conoce a nadie (bueno, de hecho así era). Traté (como casi siempre), de que la madera bajo mis pies no traqueara lo suficiente como para sacar a los presentes de sus respectivas y monótonas vidas. Me senté en la mesita de siempre (esa, la habitual, la de la esquina bajo la espantosa pintura retratística que, según sé y para bien de la clientela, pronto desaparecerá), saqué mi libretita para evitar tener que mirar alrededor usando la excusa del dibujo (una de las suculentas veleidades de ser -o pretender ser- artista), hice unos cuantos esbozos que no podrían complacer siquiera al menos exigente, y vino a tomar mi orden.
- Un café negro y una empanada de queso, por favor.
Ella, tan estúpida como siempre, tomó la orden que sabía me pediría de nuevo en algunos minutos. Retiré mi vista con confeso desprecio de su espalda y, por inercia o por virilidad, llevé mis ojos hacia el lado opuesto de la habitación. Hmm...
¿por qué me miraba esa mujer hermosa?
Entrecerré los ojos en ademán pensativo y volví a ver mi libreta. No tuve los huevos dirían por ahí.
Todo murió en la potencia.
Terminé mi merienda, me rasqué la pierna, recogí mis chunches, gasté un poco más de dinero y salí del lugar.
Por lo menos no dejé nada olvidado. ¿O si?
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