25.8.09

Poema Sin cero I


Yo escribo muy coloquial
porque pretendo ser coloquial,
aunque sea una pelota de letras
completamente rococó.

Es falsa mi escritura
y por esto la pongo en tela de juicio,
porque justo en este momento
lo coloquial me lo metí dentro del culo.

¡Oh!, que correcto soy.
¡Oh!, pero que estilo tengo.
Habladurías, patrañas,
y por eso mejor escribo

(esto no debería estar aquí, puede considerarse un error digno de un suicida -mierda, la cagué-)

como me da la gana.

Desbarajustes

Se me desamarró el zapato.
Me agacho, cojo uno de los cordones.
Cojo el otro.

Hago una maniobra y
hago otra.
Nudito.

Doblo un cordón,
doblo el otro y ¡zas!
Lacito.

Estoy listo
para pararme
en la próxima caca de perro.

8.6.09

Conformismo


Sólo espero
que este casado
no se divorcie en mi panza.

¡Cuidado!, pescado.
¡Cuidado!, plátano maduro.
¡Cuidado!, frijoles mal condimentados.

Esta soda es una mierda
y por eso, no volveré.
No hasta que llegue el día de mañana.

19.5.09

Hoy

Viscosidad de origen biológico,
reacción contra el ataque químico, bacteriológico,
lubricante, hijo de las células calciformes,
glicoproteínas, proteoglicanos sintetizados en el retículo endoplasmático
y el aparato de Golgi.



Si, si, muy lindo versa Wikipedia al respecto, pero a fin de cuentas nadie quiere ser visto en esas.

Constantemente los observo; nadie lo acepta pero a todos les importa lo que se dirá, razón por la cual asumen roles y comportamientos predeterminados (al monolito nadie se le escapa -y yo, en iluso ejercicio, me autoengaño al escribir esto, casi convencido de que gracias a esa consciencia logro salir del molote-).

Me pregunto por qué uno escribe un blog. Todos tienen -o creen tener- algo que decir que, de alguna manera, vale la pena expresar y transmitir a los demás. Bueno, están los que necesitan un poco de catarsis, los filosofastros, los trolls, los estetas, los añejos puristas a quienes el nihil jamás les pasará por la garganta (a pesar de que viven inmersos en este estado), los poetas, los que tienen una gran conciencia social (viscerales, mordaces), los incendiarios, lo grandes aleatorios (abundantes), etc. Y dentro de esta nimiedad bifurcada (entiéndase nimiedad como la paradoja que encierra su significado: el etimológico versus el que se le da en la actualidad), no veo a nadie (como siempre, miento -si los veo pero parecen puntos negros sobre un tapete blanco-), disfrutando de esa chiquillada que ahora llamamos absurdo o irreverente.

Es en ese punto en el que vuelve el asco: la mierda se manifiesta y, seamos sinceros, nadie la quiere tener en sus zapatos.

Deberíamos cagar(la) más seguido.

18.5.09

No hay por qué leer esto.


No hay por qué leer esto.
No hay por qué leer esto.
No hay por qué leer esto.
No hay por qué leer esto.

No hay por qué leer esto.

No hay por qué leer esto.

No hay por qué leer esto.

No hay por qué leer esto.

No hay por qué leer esto.

No hay por qué leer esto.

No hay por qué leer esto.

No hay por qué leer esto.
No hay por qué leer esto.

No hay por qué leer esto.
No hay por qué leer esto.

No hay por qué leer esto.
No hay por qué leer esto.
No hay por qué leer esto.

De lo que veo


Que bonito
se ve su pelo
con ese embarrijo de gel.

Posiblemente
ni un buen ventolero
podría tirarlo abajo,

desde acá, estando sentado,
es lo único que puedo ver,
además de sus ojos
que tienen pinta de que a usted
le faltan horas de sueño.

Café

Llegué. Entré como cuando no se conoce a nadie (bueno, de hecho así era). Traté (como casi siempre), de que la madera bajo mis pies no traqueara lo suficiente como para sacar a los presentes de sus respectivas y monótonas vidas. Me senté en la mesita de siempre (esa, la habitual, la de la esquina bajo la espantosa pintura retratística que, según sé y para bien de la clientela, pronto desaparecerá), saqué mi libretita para evitar tener que mirar alrededor usando la excusa del dibujo (una de las suculentas veleidades de ser -o pretender ser- artista), hice unos cuantos esbozos que no podrían complacer siquiera al menos exigente, y vino a tomar mi orden.

- Un café negro y una empanada de queso, por favor.

Ella, tan estúpida como siempre, tomó la orden que sabía me pediría de nuevo en algunos minutos. Retiré mi vista con confeso desprecio de su espalda y, por inercia o por virilidad, llevé mis ojos hacia el lado opuesto de la habitación. Hmm...
¿por qué me miraba esa mujer hermosa?
Entrecerré los ojos en ademán pensativo y volví a ver mi libreta. No tuve los huevos dirían por ahí.
Todo murió en la potencia.
Terminé mi merienda, me rasqué la pierna, recogí mis chunches, gasté un poco más de dinero y salí del lugar.
Por lo menos no dejé nada olvidado. ¿O si?